septiembre 06, 2011

Lo que uno debería tener a los 30

Desde muy pequeño he tenido una filosofía de vida bastante práctica.

Se trabaja para vivir y no se vive para trabajar, uno estudia para posicionarse en un trabajo que le brinde algunas facilidades, como en un plazo mediano comprarse carro y a largo plazo poder dar la prima para una casa y darse ciertos lujos. Viajar, comer y conocer el mundo.

Siempre le he hecho la cruz a las personas estresadas y necias con el trabajo, esas que buscan fortuna fácil y pretenden a los 30 tener casa (entiéndase haber terminado de pagar la casa), tener carro y además tener a su haber 5 viajes a Europa, conocer Estados Unidos enterito y jamás de mochilero. Tener fines de semana de puro derroche económico en hoteles 5 estrellas o de compras en Panamá, Miami e Isla Margarita.

Pero como el destino es bien hijueputa y al que no quiere sopa le da dos tazas, me puso al frente a aquel adonis (a mi parecer), guapo, moreno, interesante y bueno uno que tiene la carne débil cae redondito y en un dos por tres.

Encarnaba todo aquello de lo que siempre había huido, tenía un trabajo que le consumía sus días y noches, muy bien remunerado valga decirlo, como parte de su trabajo debía viajar varias veces al mes a otros países entre ellos México, Estados Unidos, una que otra vez perdida Francia o España. El cono sur en época de elecciones como representante diplomático.

Su carro era pues no último modelo pero si bastante más nuevo que el mío en estos tiempos, su apartamento estaba situado en uno de los mejores barrios de Escazú y se codeaba con la más alta sociedad (de esos que te consiguen un buen trabajo sin haber aprobado ni el sexto año de escuela). Todo esto antes de los 30. Brillantes 28 años tenía la última vez que nos vimos.

El diplomático disfrutaba mucho de mi compañía, según él mismo me lo hacía saber, lo hacía reír con mi humor negro y aprendido de tanto corretear por los pasillos de una universidad pública. Pasábamos horas sentados en su carro hablando de cosas sin sentido, mirando la noche oscura desde un cerro en Escazú o en su dormitorio en tremendas sesiones de sexo maratónico, durante las cuales el diplomático me decía cosas que no se atrevería a repetir en público y mucho menos en voz alta frente a su familia.

En aquellos tiempos yo era un peatón más y cuando el diplomático no podía salir a recogerme o dejarme a algún lugar que me facilitara el acceso al servicio de autobuses, en esos momentos que eran los más, yo caminaba.

Además de ser empleado público con un salario que apenas alcanzaba según él (a mi me sobraba con aquel salario para pasar el mes, ahorrar y vivir cómodamente), estudiante nocturno de universidad pública, al diplomático le empezó a molestar que yo fuera un peatón. A mis 22 añitos no tenía licencia de conducir ni me interesaba, si llovía me mojaba y si era verano disfrutaba mucho de los días de sol.

2 comentarios:

Gris dijo...

para mi, creo que lo más importante que tiene que tener uno a los 30 es el proposito de hacer de esa década una bueeena década!!

Un (Tipo) Cualquiera dijo...

Gris, desde que llegué a los 30 mi vida se ha vuelto mucho menos estresada... Boté un montón de tabúes que traía de los 20. Y no me voy a estresar a estas alturas por cosas materiales.

Con buenos amigos, un trabajo digno y mucho cariño se pueden hacer maravillas.